Es la familia la primera organización sobre la que se sustenta la sociedad, y por tanto la educadora por excelencia. La primera aula, el primer libro, la maestra de todo bien o mal, el innegable patrón de conducta.
Cuando hay fallas dentro de ese pilar más que necesario para el desarrollo humano, éste se traduce en la evolución progresiva y en el desenvolvimiento de un individuo en la sociedad. Los lazos de sangre se vuelven demasiado débiles si no están reforzados por el amor que se traduce en ejemplo. Nadie puede hacer por un niño lo que hacen sus padres y familiares, que han de apoyarse los unos a los otros, en la formación de los hijos.
Cuando vemos niños en nuestras calles limpiando zapatos, vendiendo periódicos, siendo sostenidos por brazos inescrupulosos que los han alquilado para mendigar; niños limpiando los vidrios de parabrisas, sorteando los carros estacionados ante un semáforo para intentar vender alguna baratija o sencillamente, pedir una limosna, lo primero que uno se pregunta es: ¿Donde están sus padres?
Los niños de la calle o niños en situaciones de alto riesgo, como también se les ha llamado, salidos en su mayoría de comunidades pobres, son infantes que han adoptado la vida callejera como medio de supervivencia, y que se unen los unos a los otros por problemas comunes, que los llevan a delinquir, y en ocasiones los convierten en víctimas de todo tipo. Peones de la delincuencia, prestados carteristas, arrebatadores, transportadores de drogas, portadores de violencia. Infancia abandonada a su propia suerte, paridos por la desesperanza de un desempleo, la carencia de una figura paterna, y en muchos casos, y en situaciones limites de confrontación familiar, son los hijos de nadie.
Niños de la calle es una definición que les dio la UNICEF a aquellos que pasan la mayor parte del tiempo como su nombre lo indica, en las calles; pero que tienen algún tipo de soporte familiar y vuelven a sus casas por la noche, llevando en sus bolsillos la limosna recogida en el día.
Según informes de las Naciones Unidas, el 55 % de los niños latinoamericanos se encuentran en la pobreza, eso quiere decir que 110 millones de niños viven en la negación de sus derechos fundamentales, porque tienen poco acceso a la salud, la educación y pocas oportunidades en la vida. La salud se ve caracterizada por los traumatismos y algunas infecciones entre las que se destaca la parasitósis. El 80% de ellos usa droga, regularmente las más frecuentes son los adhesivos de contacto, iniciándolos así en el consumo que luego continua con la cocaína y la marihuana. La actividad sexual comienza a edades muy tempranas, los embarazos en adolescentes son muy frecuentes. La salud mental de estos menores se ve afectada por las actividades intermitentes que realizan, y la incertidumbre que viven cada día, comienza al aproximarse las horas de las comidas, pues no saben si contaran con un trozo de pan que puedan llevarse a la boca.
Aún cuando la problemática de los niños de la calle aparece ante la sociedad como un hecho crítico, su cuantificación resulta dificultosa. Ello se debe a que los mismos deambulan de un lado al otro de la ciudad, en buscas de mejores oportunidades que le permitan la supervivencia.
Si acudimos al Programa de Acción para la Eliminación Progresiva de la Explotación de Niños y Niñas en la Republica Dominicana, vemos un trabajo avalado por el Organismo Rector del Sistema de Protección Niños, Niñas y Adolescentes, que vincula instituciones como Hogares Crea, Proyecto Caminante, Instituto de la Familia, Organizaciones vecinales y de base de Boca Chica, Puerto Plata, Santo Domingo, Samaná e Higüey; Ministerio de Turismo, Secretarias de Estado de Educación, Trabajo y Salud Publica, Instituto Interamericano del Niño. OEA, Policía Nacional y soportes aislados como es el caso de algunas personalidades.
Pero pese a todos estos esfuerzos, en momentos en que se pide a gritos una acción enérgica que permita combatir la delincuencia en el país, se debe impactar en la trama social de la República Dominicana para que se saque a estos niños de las calles. Se precisa de un proyecto conjunto que los integre en programas alternativos de educación, donde tenga cabida la cultura en manifestaciones como la pintura, la danza, el canto, la creación de grupos musicales, la práctica de deporte en la constitución de equipos juveniles de béisbol y otras modalidades. Actividades donde sus necesidades básicas sean cubiertas, alejándolos de los polos de atracción turística y escenarios urbanos donde son tan vulnerables. De igual manera se debieran revisar las leyes, en lo referente a la protección de menores, para sancionar en forma enérgica y contundente, a quienes los dan en alquiler para usarlos como herramientas que conmueven a la limosna.
Países como Ecuador y Colombia utilizan el potencial de la tecnología de la información y comunicación en una alternativa para una mejor calidad de vida, un programa piloto de Telecentros de Niños de la Calle permite insertarlos en un ambiente que les proporciona conocimientos en computación, acceso al Internet, y por medio de la informática, los capacita para resolver sus propios problemas y crear oportunidades para sus vidas, donde descubren un mundo donde viven, pero del que hasta el momento, no se sienten parte.
El aprendizaje estructurado y supervisado del que no gozaron antes, los obliga a proveerse de un mínimo de educación, les da capacidad y confianza para enfrentar la situación en que habitan, con una perspectiva diferente a la de sus progenitores.
Niños de Papel, se les ha llamado, y sólo debe ser porque en sus vidas hay aún muchas páginas en blanco, donde se puede escribir un mejor futuro.



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