Nunca imaginé que una página web podía ser el puente generoso que me uniría con mi pasado, un camino amable que me convidaba a regresar a aquellos recuerdos guardados celosamente resumiendo una vida en La Habana, una juventud en un reparto muy cerca del rio Almendares en cuyas orillas jugaba de niña cuando iba de la mano de mi abuelo al teatro de títeres y luego de joven cruzaba en compañía de algunas amigas para ir al cine Acapulco mientras disfrutábamos de unos modestos helados.
La bodega del barrio todavía olía a pan recién horneado que se compraba calientico en las primeras horas de la mañana, hablo de una época en que la juventud de mi tiempo parió caballeros como Luis Pardo, aquel amigo que conocí en una fiesta de estudiantes y que me cautivó con su sencilla sapiencia y notable educación, atracción que dio paso a largas conversaciones telefónicas en que hablábamos de cualquier tema que se extendía como un chicle amenazando la factura a fin de mes.
Luis siempre tenía noticias que darme de lo que ocurría en toda una semana en que estábamos separados cada quien en diferentes escuelas internas en las que se combinaba el estudio con el trabajo en el campo. Su conversación distaba mucho de ser banal a pesar de su corta edad, me recomendaba libros y me contaba de las profecías de Nostradamus, leímos juntos a Malcom X e intercambiamos la biografía de Ángela Davis, escuchábamos a los Bee Gees echando mano a la última invitación a un “motivito” cuya celebración nos permitía encontrarnos de nuevo para vernos la cara y poder bailar al ritmo de Barry White. Cuando murió mi abuela materna pude contar con su cálido abrazo sentado a mi lado en el último escalón a la entrada de la funeraria mientras la brisa que llegaba del malecón nos alborotaba el pelo, Luis me hablaba bajito dándome consuelo ayudándome a enfrentar la primera gran pérdida.
Sin lugar a dudas era un tiempo de bienaventuranza donde todavía se daban los “buenos días” y las “gracias” se ayudaba a una mujer a subir al ómnibus, se cedía un asiento, se cargaban los mandados de la vecina y se cuidaban a los hijos de la señora de al lado que regresaba tarde de su trabajo, se le prestaba atención a los abuelos y sus consejos, tomados como buenos y válidos, se aplicaban al pie de la letra, nadie se cuestionaba el derecho de vía ni le mentaba la madre a otro en medio del tráfico, había un sentido del decoro generalizado y en medio de todo estaba Luis Pardo convertido en el vivo ejemplo de que puede existir una sincera amistad entre un hombre y una mujer.
El destino nos hizo transitar por caminos diferentes, yo comenzaba a trabajar y estudiar mientras él se alzaba con la carrera de mis sueños entrando de lleno a la Universidad y de buenas a primera desaparecimos uno del escenario del otro sin dejar rastro convirtiéndonos en recuerdos fragmentados cargados de nostalgia que lo mantuvieron en África por muchos años.
Cuando ofrecí una entrevista al canal 41 de Miami sobre el tema de las Jineteras protagonistas de uno de mis libros, nunca imaginé que justo el día y la hora en que la transmitirían él estaría frente a un televisor en La Florida y que a pesar del paso del tiempo me recordaría, llamando a Ernesto para que no se perdiera la ocasión de ver a una Olga diferente pero que aún mantenía el mismo tono de voz.
De pronto llegó un correo donde se presentaba recordándome cómo y cuándo nos habíamos conocimos como si fuese posible olvidarlo, luego el teléfono me permitió escuchar su voz transmitiendo una amable y generosa sensación testimonial de un pasado que quedó suspendido en el aire permitiéndome recuperar todo ese tiempo en que estuvimos ausentes negándonos a ser olvidados.
Agradezco una época tan diferente a éste hoy, años en que la violencia no ocupaba titulares ni se hablaba de secuestros expresos, maltratos contra la mujer o drogadicción, la gentileza de aquellos tiempos se distinguía en la cortesía que por entonces no era sólo una palabra ubicada en la página 347 de un diccionario de Español, años en que las personas se quejaban menos y daban más, mientras la vejez era reconocida con cariño y respeto.
Indiscutiblemente fuimos una generación benditamente afortunada que atesora en su memoria vivencias amables, por eso deseo que mi nieto Alejandro pueda contar anécdotas y recuerdos como los que tuve yo, y que el día de mañana también tenga en su vida un amigo como Luis Pardo.



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