Una tarde con mi abuelo

Olga Consuegra

Las campanas del Monasterio de Samos comenzaron a sonar en el momento justo en que bajé del coche. El aire frio me sorprendió en un entrecortado abrazó estremeciendo todo mi cuerpo; un sol tímido dibujó mi sombra en las lozas del pavimento al tiempo en que una paloma blanca voló sobre mi cabeza para posarse sobre el tejado del Ayuntamiento.

- ¡Estás ahí! – me dije con la seguridad de quien sabe que te ha encontrado.

Con el corazón a punto de salirse del pecho entré a las oficinas donde el más anciano de todos los empleados se prestó diligente a buscar entre los registros del año 1900 al tiempo en que yo tomaba asiento escapando mi impaciencia por el ventanal de cristal para seguir los pasos del ir y venir de los peregrinos.

Sobre la mesa colocaron el libro abierto, justo en la página en que apareció tu nombre bajo Acta de Nacimiento; tu padre te declaró treinta días después que llegaras al escenario de este mundo coincidiendo con el mes de mi nacimiento. Reseñado el oficio de mi bisabuelo como labrador, busqué en el reverso de la hoja su nombre escrito de puño y letra con trazos firmes y caligrafía perfecta. Tu padre pudo haber sido un poeta sembrador de versos en la tierra.

Las lágrimas desdibujaron el libro ante mis ojos, el tiempo se detuvo como si las manos que habían firmado aquella sobreviviente hoja pudieran acariciar mi pelo; la emoción me atragantó mientras mis sueños me llevarían a San Xil de Carballos donde me aseguraron podía encontrar en pie algo de lo que fuera tu casa.

Tenía que recorrer una parte del Camino de Santiago para llegar a mi destino. Dentro del monasterio benedictino el padre Agustín ajustó a mi cuello un cordón negro con una pequeña estrella de luz cuyo carácter celeste la convierte en uno de los símbolos del espíritu dando el poder de traspasar la oscuridad y como un faro iluminar el camino. Dejé una rosa ante la imagen de la virgen y con la bendición y los buenos deseos de los presentes me encaminé a Balsa que forma parte de la triacastela de Lugo.

Una comunidad rural fue descubriéndose amablemente ante mis ojos, los bosques y caminos me cedieron el paso para encontrar dos guías gallegos que no sin antes hacerme probar el vino de su casa, comer pan de trigo y centeno junto a un pedazo de queso, me permitieron reanudar el camino mientras en el idioma de su tierra Alicia y Manuel Valcarce buscaban en la maraña de su recuerdos el linaje de mis apellidos.

Subiendo cuestas, atravesando humildes arroyuelos y bajo una pertinaz llovizna llegamos a San Xil. Mis guías tocaron a la puerta de la primera casa al borde del sendero perteneciente a unos parientes que se negaron a ofrecer información hasta ver vaciar un vaso de cerveza sin alcohol. No se debe rechazar la hospitalidad de Galicia de la que hablaba mi abuelo.

Las mujeres me escoltaron el tramo final del camino conversando entre ellas en gallego, el aire se hizo más frio en ese cuarto de hora, el sol desafió las nubes grises y se impuso en una escampada que descubrió ante mis ojos el lugar donde naciste.

- Esa es la casa que buscas, chiquilla – me dijo Isabel mientras su pariente aseguraba inclinando firmemente la cabeza.

Hay momentos donde el corazón deja de latir y sólo por un milagro seguimos viviendo. Allí estaba yo, abuelo. Ciento ocho años después de tu nacimiento, descubriendo el significado kármico de mis gustos; sobre el dintel de tu puerta está el número de mi preferencia, la casa es de lajas quizás a ello debo mi fascinación por las piedras de camino. En ángulos opuestos un pequeño cementerio y una modesta ermita iglesia que se mantiene igual que hace más de un siglo atrás, a la que cada domingo asisten a misa veintitrés habitantes, sin incluir al cura que llega de lejos.

Dos vecinas se sumaron a las mujeres que hablaban a mis espaldas sobre leyes, reclamaciones y derechos familiares, sin darse cuenta de que yo había atravesado medio mundo y casi un país entero, únicamente para verte allí; lo que buscaba por herencia era recoger tres piedras de las que están junto a tu puerta y andar esa tarde de tu mano etérea.

Te imaginé de niño jugando por aquellos prados, ordeñando vacas dentro de los modestos establos de madera, acurrucado en las noches por el frio.

¿También tu madre te contaría historias como mismo tú hacías cuando yo era una niña? Sonreí entre lágrimas imaginando tu valor al despedirte de aquel terruño querido, te vi subiendo a un barco en el puerto de Coruña, el mismo que te traería a América, complemento de tu destino.

Mis lágrimas fueron la llave generosa que nos abrió la puerta de la pequeña ermita iglesia. Me arrodillé respetuosa mientras mi pecho estallaba calladamente; la imagen de un Santiago generoso me contempló desde un altar de madera que ha desafiado el frio, la lluvia, el viento, el sol, la vida en su danza eterna al ritmo del tic tac del reloj.

El silencio humilde me dejó ver tu rostro de nuevo. Sentí tu mano sostener el asiento de mi bicicleta, tu cuerpo pegado al mío en el teatro de títeres en el parque Almendares a dónde íbamos juntos cada mañana de domingo; te vi llevarte las manos a la cabeza después de aquella aparatosa caída con patines en que por un milagro todos los huesos me quedaron en su sitio.

Te sentí reír mientras levantabas en tus manos un doble nueve que colocarías en la mesa por capicúa o sostener victorioso los cinco dados del cubilete al tiempo que mostrándome la carabina, me hablabas de la paciencia como arma para ganar un juego.

Te recuerdo, abuelo,  enseñándome los secretos que acompañan un buen vino, tu  gusto por el pan recién horneado al tiempo que me contabas de los olores que llenaban tu casa de la que tantas veces me habías hablado.

La tarde se despedía y yo aún tenía que viajar casi cien kilómetros de regreso A Coruña antes de quitarme la ropa húmeda, las botas enlodadas, ocultar con maquillaje mis ojos llorosos y presentarme a tiempo a la puesta en circulación de mis libros.

Es hermoso haber viajado diecinueve años después de tu muerte física para pasar una tarde contigo.

Te dejé un beso en el altar de tu ermita iglesia, una caricia en las paredes de piedras de tu casa, un latido de corazón en cada árbol que rodea el lugar donde comenzaste a soñar con Cuba, te dejé mi amor eterno flotando en el frío aire de San Xil de Carballos.

A cambio te agradezco el regalo de mi pasión por el número cinco, la fascinación por las iglesias pequeñas y la quietud que se encuentra a la puerta de los cementerios, mi gusto por las piedras de camino, el valor que me legaste, la suerte en el cubilete, la caligrafía de mi bisabuelo, las delicias de un buen vino.

Gracias por Galicia, ese hermoso lugar en que se plantaron mis raíces.

-          Abuelo… ¡He podido estrechar tu tierra!

-          (Entre los años 1903 y 1933 se incrementa en busca de nuevas oportunidades, la emigración de españoles hacia la isla de Cuba. En tan sólo ese período de tiempo llegaron a La Habana 723 381 españoles. La masiva emigración de casi tres cuartos de millón añadió un aporte vigoroso a la nación no únicamente en el aspecto humano; su influencia marcó la pureza del idioma y el desenvolvimiento de la cultura.

-          Muchos de aquellos emigrantes nunca más pudieron regresar a su tierra: entre ellos estaba mi abuelo)

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12 Responses to “Una tarde con mi abuelo”

  1. Maria Elena says:

    Querida Olga:
    Creo que has vivido momentos formidables e irrepetibles en esta estancia en España, el articulo que escribiste esta preciosos y cargado de sentimiento, te cuento que me humedeció los ojos, yo también tengo raíces gallegas por mi abuelo materno.
    Felicitaciones.
    La Habana
    Cuba

  2. Isa says:

    Querida Olga:
    Siempre resulta muy refrescante leer tus escritos pero este ultimo “Una tarde con mi abuelo” toca de una forma muy especial las fibras mas intimas de mi sensibilidad.
    Aunque no he realizado nunca ese romantico viaje a la tierra de mis abuelos ha sido un sueno que siempre he querido cumplir.
    Mi familia es de la Cantabria especificamente de Lierganes en Santander. Tu escrito metio fuego en mis entranñas y estoy segura que antes de finalizar el 2008 lograre mi aventura.
    !gracias amiga!
    Puerto Rico

  3. Eduardo says:

    Olgui:
    Tu artículo me gustó mucho. Me encanta como te sumerges en los recuerdos y los vinculas con imágenes, mientras vas dejando que el corazón se desnude.
    Lo haces con maestría y trasmites tus emociones haciendo que tu lector quede agradecido.
    Así me sentí según te leía y trataba de recuperar a Casiano sentado a su mesa de dominó.
    También practico ese ejercicio de buscar en el pasado. Será que como compartimos genes tenemos aficiones semejantes.
    Te felicito por tu artículo.
    Un beso grande desde Canarias

  4. David says:

    Has tenido una hermosa familia, he leido de tu madre, tu padre, ahora tu abuelo, por eso sos tan especial.
    Solo me pregunto: Como puede un hombre rechazar una mujer asi? Como un hombre puede no merecerte?
    Argentina

  5. Jaime says:

    Hola:
    He seguido tu viaje en tu pagina, y me alegro que has encontrado parte de tus raices, es muy lindo lo que has escrito te felicito.
    Jaime
    Chile

  6. miriam says:

    Querida amiga:
    Me alegra muchisimo todo lo bueno que te pasa, siempre me contento con que realices tus sueños, asi que sigue compartiendolos con todos los que te leemos.
    Santo Domingo.

  7. Hector N. says:

    De haber tenido tu linaje intelectual, hubiese podido plasmar el encuentro de mi abuela, hace 20 años en madrid, para entonces, 98 pesados años en su haber, fragil, pero aun con una mente prodigiosa, recordaba mis primeras cartas, me mostraba en su esjo de habitacion el collage de mis fotografias y de mis hijos, eramos los unicos personajes que le acompañabamos en su privada habitacion.
    Al igual que tu, lagrimas brotaron, se conjugaron, y cada quien parecia reconocer la ajena y la secaba, las mejillas, gelatinosas se rozaban con ganas de decir tanta cosas, que solo nuestras miradas fueron capaces de traducir, por eso, al leer tu experiencia, he recordado aquel dia de Agosto del 1989.
    Santo Domingo

  8. sandra says:

    Buenas noches,recién acabo de leer el texto y me pareció precioso,me transmitió mucho y me siento orgullosa de que pongas en tu página esas fotos, con tanto verde, símbolo de mi tierra.Me encanta como escribes.Saludos y mucha suerte en todo.
    A Coruña
    España

  9. Evita says:

    Que tan bella historia Farda, te felicito, me encanto.
    Puerto Rico

  10. Miguel says:

    Muy hermoso, mucho corazon, gran amor muestra su escrito.
    Me ha tocado.
    Madrid

  11. Elba says:

    Saludos Olga:
    Que bello escrito el de tu viaje a España.
    Guárdalo para tu próximo libro de cuentos cortos.
    Puerto Rico

  12. Mariela says:

    QUERIDISIMA AMIGA:
    TE ESCRIBO TODAVIA CON EL CORAZON ARRUGADO Y LOS OJOS VIDRIOSOS.
    QUE BONITO ENCUENTRO CON EL PASADO TUVISTE Y QUE GENEROSA ERES AL COMPARTIRLO CON NOSOTROS.
    MAGICA LA PLUMA Y LA MANO QUE LA LLEVA. TODAVIA PRENDADA A LA ILUSION DE AQUEL ANCIANO.
    SIEMPRE ME SORPRENDES GRATAMENTE.
    QUE BONITO ARTICULO.
    TE FELICITO Y DEJAME SORPRENDERME TODAS LAS VECES QUE QUIERAS.
    YO LEERE TUS ARTICULOS CON GUSTO.
    RECIBE UN ABRAZO GRANDE.
    MARIELA
    VENEZUELA

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